Artículos · divulgación
El veranillo de San Martín: ¿existe o es cosa de la memoria?
5 de noviembre de 2026 · 13 min de lectura
Cada noviembre llega una tarde de cielo limpio en la que alguien se quita el abrigo, mira al sol y dice la frase: «el veranillo de San Martín». La expresión se documenta en castellano desde hace al menos cinco siglos y tiene parientes en media Europa. Lo que casi nunca se hace es comprobarla. La hemos puesto frente a 76 años de temperaturas.
Una capa partida a las puertas de Amiens
La historia empieza con un soldado y un frío de los que matan. En el siglo IV, un joven del ejército romano llamado Martín llegó con su unidad a Amiens, en la Galia. Su biógrafo, Sulpicio Severo, cuenta que era pleno invierno, más duro de lo normal, y que mucha gente había muerto de frío. A la puerta de la ciudad, Martín se cruzó con un hombre sin ropa. Como no llevaba más que las armas y la capa militar, la cortó en dos con la espada y le dio una mitad. Esa noche soñó con Cristo vestido con aquel trozo de tela. Acabó de obispo de Tours, murió hacia el año 397 y su fiesta es el 11 de noviembre.
Fíjate en lo que no dice Sulpicio: que saliera el sol. Eso lo pone la versión popular, muy viva en Portugal, según la cual el cielo se abrió en cuanto el santo se quedó a medio vestir. El biógrafo habla de un invierno cruel; el calorcillo lo añadió la gente.
La fecha era, además, una bisagra del calendario rural. «A cada cerdo le llega su San Martín», dice un refrán que, con otras palabras, ya recogen colecciones del siglo XV y que Cervantes llevó al Quijote. Por San Martín tocaba la matanza, y la matanza pide frío, porque la carne se sala y se cura despacio y con calor se echa a perder. El mismo día guarda dos recuerdos opuestos: el frío que conviene al cerdo y el sol que agradece la gente.
La referencia meteorológica clara más antigua que cita AEMET es de 1728: Benito Jerónimo Feijoo describe unos días serenos y apacibles por San Martín y avisa de que «no tienen número fixo todos los años». Hoy el diccionario académico define veranillo como el «tiempo breve en que, en España, suele hacer calor durante el otoño». Todo el peso cae en ese verbo, suele. Y España no es la única que se lo pregunta.
Un veranillo en cada idioma
El castellano tiene un calendario entero de veranillos: el de San Miguel, hacia el 29 de septiembre, también llamado del membrillo porque coincide con los días en que madura esa fruta; el de San Lucas, el 18 de octubre, y el de San Martín, que según el refranero dura «tres días y fin».
Al cruzar fronteras cambia el nombre, y con él la fecha. Toda la Europa de lenguas románicas, salvo el rumano, tiene su verano de San Martín, del estiuet de Sant Martí catalán al estate di San Martino italiano. Más al norte y al este, el santo desaparece y aparecen las viejas. El babie lato polaco y el bab'je leto ruso vienen a ser el «verano de la vieja», con una baba eslava que significa a la vez mujer mayor y abuela. El Altweibersommer alemán, «verano de las viejas», tiene que ver, probablemente, con los hilos de telaraña que flotan esos días por el campo. En Norteamérica es el Indian summer.
Lo revelador son las fechas. El verano de la vieja ruso va de la segunda quincena de agosto a la primera semana de septiembre; el alemán cae a finales de septiembre; el de San Martín, a mediados de noviembre, una fecha que, según los filólogos José Enrique Gargallo y Marc Ruiz-Zorrilla, solo encaja en las latitudes del sur. Cada pueblo puso nombre al último calor que recordaba, y en el sur lo ató a una fecha señalada del calendario. Es una pista, no una prueba: cada clima podría tener su propio veranillo fijo. Para salir de dudas hay que medir, y para medir hay que saber qué se busca.
Cómo es un veranillo cuando llega
Detrás de un veranillo suele haber un anticiclón. En otoño, el aire cálido subtropical no se retira de golpe ante las embestidas del frío polar: entre borrasca y borrasca recupera terreno, y a veces se instalan varios días de altas presiones sobre la península. Dentro de un anticiclón el aire desciende despacio, se comprime y se seca, y las nubes no llegan a formarse (lo cuenta Isobaras: cómo leer el mapa del tiempo).
Con el cielo limpio y el viento en calma, el día y la noche juegan partidas distintas. De día manda el sol, que en noviembre todavía calienta: en Madrid, el 11 de noviembre, sube a mediodía unos 32 grados sobre el horizonte, menos de la mitad que en junio, pero sin nubes basta para templar la tarde. De noche manda la pérdida: catorce horas sin sol en las que el suelo devuelve al espacio, en forma de radiación infrarroja, el calor que juntó.
Las nubes hacen de manta: absorben ese infrarrojo y devuelven una parte hacia el suelo. Un anticiclón retira la manta. La comparación cojea, porque una manta funciona sobre todo atrapando aire quieto y la nube trabaja con radiación, pero el resultado se parece: sin ella, la noche se enfría deprisa. El aire frío, más denso, resbala por las laderas y se encharca en los valles, donde amanece con escarcha o niebla. El meteorólogo Francisco Martín León lo resumía en dos recetas: un anticiclón pertinaz, con sol que aún calienta y mucha diferencia entre el día y la noche, o una entrada de aire del sur sin apenas lluvia, que templa sobre todo el norte peninsular.
Dos ideas harán falta enseguida: el veranillo es cosa de las tardes, y nada en él mira el calendario. Un anticiclón se instala cuando lo empuja la circulación del hemisferio, no cuando lo pide el santoral. Que lo haga con preferencia hacia el 11 de noviembre es otra afirmación, y hace siglo y medio hubo quien intentó probar cosas así con números.
Las jorobas de Buchan
Alexander Buchan fue durante 47 años secretario de la Sociedad Meteorológica Escocesa. A finales de la década de 1860 tomó diez años de observaciones de Escocia, de 1857 a 1866, promedió la temperatura de cada día del calendario y la puso en una gráfica. Una curva así debería ser lisa, como la del sol, que sube y baja sin saltos. La suya salió con jorobas. De ahí sacó seis periodos fríos y tres cálidos que, según él, volvían cada año por las mismas fechas. Uno de los fríos iba del 6 al 13 de noviembre: encima de San Martín, y con el signo contrario al del refrán.
Buchan avisó de que las fechas podían moverse y de que no todos los años aparecían, pero sus periodos se hicieron famosos, y al mirarlos con más años se fueron deshaciendo. En 1933, una nota en Nature buscó el periodo frío del 11 al 14 de abril en las medias de Greenwich de 1841 a 1930 y no lo encontró. Hoy los meteorólogos los atribuyen, en lo esencial, al azar.
¿Cómo engaña así un promedio? Lanza una moneda diez veces por cada día del año. Lo esperable son unas cinco caras, pero en una veintena de días saldrán ocho o más, no porque la moneda esté cargada, sino porque has mirado 365 veces. Con diez años de datos, cada día del calendario de Buchan era una de esas tandas, y algunas fechas tenían que salir raras. La comparación se queda corta en una cosa, y no a favor de las jorobas: el tiempo tiene memoria. Un día cálido suele traer otro, así que las rachas del azar duran varios días, como un veranillo de verdad.
En 2002, los meteorólogos Christopher Godfrey, Daniel Wilks y David Schultz aplicaron esta lógica a la singularidad más famosa de Estados Unidos, el «deshielo de enero», y se preguntaron en el título si era un fantasma estadístico. Fabricaron diez mil series de temperatura al azar con las propiedades de las reales, y jorobas como aquella salían solas. No demostraron que el deshielo no exista; mostraron que el azar basta para explicarlo. Ya lo había advertido en 1919 Charles Marvin, jefe del servicio meteorológico de Estados Unidos: un rasgo llamativo en una serie larga puede ser solo la cicatriz de un episodio raro. Con esa trampa en mente, toca mirar noviembre.
Setenta y seis noviembres
Hemos hecho la cuenta en cuatro ciudades de climas distintos: Madrid, Sevilla, Valladolid y Barcelona. Los datos son las máximas diarias de 1950 a 2025 según ERA5, la reconstrucción del tiempo pasado que elabora el ECMWF para el programa europeo Copernicus, consultada vía Open-Meteo (qué es un reanálisis lo explica Cómo se mide si una predicción acertó). Cada serie es una celda de unos 25 kilómetros, no el termómetro de una calle. Medimos la máxima, y no la media, porque el veranillo se nota en las tardes.
Para cada día del calendario promediamos los 76 años, trazamos la curva lisa de la estación y miramos cuánto se aparta de ella la semana del 8 al 14 de noviembre. Para separar una joroba real del ruido, repetimos la cuenta miles de veces sorteando los años, y partimos la serie en dos mitades: lo que existe tiene que salir en las dos.
| Ciudad | Lo que baja la máxima normal a lo largo de noviembre | Joroba del 8 al 14 | Años con esa semana más cálida |
|---|---|---|---|
| Madrid | 4,9 °C | 0,0 °C | 37 de 76 |
| Sevilla | 4,5 °C | 0,0 °C | 35 de 76 |
| Valladolid | 4,9 °C | −0,2 °C | 34 de 76 |
| Barcelona | 3,9 °C | +0,1 °C | 41 de 76 |
ERA5 (Copernicus) vía Open-Meteo, 1950-2025; cálculo de MeteoRanking. «Más cálida» quiere decir por encima de lo normal, que incluye el calentamiento de fondo: de tres a cuatro décimas por década en estas celdas.
La semana de San Martín no se aparta de lo que toca: cero en Madrid y Sevilla, dos décimas por debajo en Valladolid, una por encima en Barcelona, cuando el margen del ruido ronda las tres o cuatro décimas. En Madrid, la primera mitad de la serie da dos décimas por debajo y la segunda, dos por encima: el signo cambia según los años que mires, que es la firma del azar. Y esa semana salió más cálida de lo normal más o menos la mitad de los años. Una moneda al aire.
La lupa no está ciega: en otras fechas del año encuentra jorobas de siete u ocho décimas, que merecerían su propio examen. Si el veranillo de San Martín existe como rasgo del clima, no pasa de tres o cuatro décimas: lo que baja la máxima en un par de días de otoño.
AEMET ha llegado a lo mismo por otro camino. En septiembre de 2026, José Ángel Núñez Mora y Marta Ferri Llorens, de la agencia en la Comunitat Valenciana, analizaron la temperatura media diaria de la España peninsular de 1950 a 2025: baja de forma continua de mediados de agosto a mediados de enero, sin subidas por San Miguel ni por San Martín. Lo que sí varía, y mucho, es cada año: el San Martín más cálido fue el de 2023, con 13,8 °C de media peninsular, y el más frío, el de 1971, con 3,0 °C. Y en 1905 el meteorólogo francés Julien Loisel ya había hecho la cuenta con los datos de París, para concluir que el veranillo había «desaparecido resueltamente». Quizá no había estado nunca.
Lo que sí existe son los veranillos sueltos. Si llamas veranillo a tres días seguidos o más con la máxima tres grados por encima de lo normal, en Madrid, Sevilla y Valladolid uno de cada tres años tiene alguno en la quincena de San Martín, del 4 al 18 de noviembre. Pero la de mediados de octubre los tiene más a menudo, más de cuatro años de cada diez, y la de finales de noviembre, menos: la frecuencia baja con el otoño, sin pico el día 11. Entonces, ¿de dónde sale tanta seguridad?
La memoria tiene su propio calendario
En 1973, los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman describieron un atajo mental que llamaron heurística de disponibilidad: juzgamos lo frecuente que es algo por lo fácil que nos resulta recordar ejemplos. Una tarde de 22 grados en noviembre se recuerda; un martes gris de 12, no. Y la tarde cálida llega con etiqueta: tiene nombre, santo y refrán.
Luego trabaja el sesgo de confirmación, la tendencia a fijarnos en lo que nos da la razón. Y el refrán se defiende solo, porque su ventana es elástica. Un dicho vasco recogido en Idiazábal lo deja atado: San Martín trae el verano antes o después de su día. Con esa holgura acierta a menudo: entre el 15 de octubre y el 30 de noviembre, unos seis de cada diez años tienen alguna racha cálida como las de antes en Madrid, Sevilla y Valladolid. Si cae a finales de octubre, el veranillo «se adelantó»; si cae a finales de noviembre, «vino tarde». Y un San Martín de abrigo y escarcha no se apunta como fallo: se apunta, si acaso, como buen día de matanza.
En 1996, Donald Redelmeier y el propio Tversky lo midieron con el tiempo de por medio: siguieron durante más de un año a 18 pacientes con artritis que culpaban al tiempo de sus dolores, y no encontraron relación estadística entre el dolor y las condiciones que cada uno señalaba. En el mismo trabajo, 97 universitarios vieron correlaciones en secuencias que no tenían ninguna. Ver orden en lo ambiguo suele sernos útil; el precio es que a veces vemos regularidades que no están.
El refranero fue durante siglos la base de datos del campo, pero no sabía separar lo que se repite de lo que se recuerda. Eso lo hace la estadística, y dice que el veranillo de San Martín es tiempo, no clima: unos años llega y otros no, y no se anuncia mirando el santoral. Lo que sí se puede anunciar, con unos días de margen, es otra cosa.
Lo que sí se puede predecir
Si el próximo 11 de noviembre hará calor no lo sabe nadie con meses de antelación: el caos pone el límite de la predicción en un par de semanas (lo explica ¿Por qué (a veces) fallan las predicciones?). Pero un veranillo concreto se ve venir. Un anticiclón es grande y lento, y los modelos suelen dibujarlo con días de margen. Lo difícil está abajo: cuánto se hiela de madrugada el fondo de un valle, un hueco que la malla de un modelo no ve y donde la mínima se hunde varios grados por debajo de su entorno (Tu ciudad tiene su propio modelo favorito).
MeteoRanking combina seis modelos en un pronóstico propio, Sinapsis, y cada día compara la máxima y la mínima que dio cada uno con la estación oficial de AEMET o IPMA más cercana, en 702 municipios de España y Portugal. Cuando llegue el próximo veranillo, la estación dirá quién acertó la tarde y quién la madrugada. Puedes seguirlo en la ficha de tu ciudad, como la de Valladolid, o ver cómo se verifica en Cómo funciona.
El refranero acertó en lo importante: en otoño, a veces, vuelve el buen tiempo. Lo que no podía saber es cuándo. Eso no lo dice el santoral; lo dicen los modelos unos días antes y, al día siguiente, el termómetro.