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Los tipos de nubes: cómo se clasifican y qué anuncian
22 de octubre de 2026 · 13 min de lectura
En diciembre de 1802, un boticario londinense de treinta años leyó ante un club de aficionados a la ciencia un ensayo que proponía algo que sonaba a capricho: ponerles nombre a las nubes. Los nombres que propuso, cirrus, cumulus y stratus, son los que usan hoy los servicios meteorológicos de todo el mundo. Y no son etiquetas de coleccionista: cada forma es la huella de lo que hace el aire allá arriba, y a veces de lo que va a hacer en las próximas horas.
El boticario que bautizó las nubes
Luke Howard había nacido en Londres en 1772, en una familia cuáquera. Aprendió el oficio en una botica y acabó fabricando productos químicos para farmacias, pero lo que le tiraba era el cielo. Conocía el método de los naturalistas —en 1798 había presentado un trabajo sobre el polen ante la Sociedad Linneana de Londres— y lo aplicó a las nubes, con nombres latinos como los que Linneo había puesto a plantas y animales. Su acierto fue catalogar formas, no nubes: unas pocas formas básicas que se transforman unas en otras. Por eso su ensayo se tituló Sobre las modificaciones de las nubes.
Las formas básicas eran tres: fibras, montones y capas. Para las fibras eligió cirrus, que en latín era un rizo o un mechón de crin; para los montones, cumulus, «montón»; y para las capas, stratus, de la familia de stratum, que significaba «lecho» y también «cobertor de cama». Una colcha tendida sobre el paisaje. Combinó las tres raíces para las formas intermedias (cirro-cumulus, cirro-stratus, cumulo-stratus) y reservó nimbus para la nube que llueve: siete formas en total. En latín, nimbus era a la vez el nubarrón y la nube luminosa que envolvía a los dioses, y de ahí viene el nimbo, la aureola de los santos. El ensayo se imprimió en 1803 en la revista Philosophical Magazine, con láminas grabadas a partir de sus dibujos.
No fue el único intento, ni el primero en imprimirse. En 1802, en París, el naturalista Jean-Baptiste Lamarck, el mismo que en 1809 expondría una de las primeras teorías de la evolución, había publicado una clasificación de cinco tipos, con nombres como nubes «en forma de velo» o «aborregadas». No parece que nadie los usara, ni siquiera en Francia. El prefacio del atlas internacional de nubes de 1939, que hoy publica la OMM, apunta dos motivos: los nombres eran franceses y poco corrientes, y salieron en una publicación que traía también pronósticos basados en la astrología.
Al éxito de Howard se le suelen dar varias explicaciones, y una es el idioma: el latín era la lengua común de los sabios y viajaba sin traducirse. El ensayo pronto tuvo versión alemana, y Goethe lo admiró tanto que le dedicó un ciclo de poemas, Howards Ehrengedächtnis («En honor de Howard»), con estrofas para el stratus, el cumulus, el cirrus y el nimbus. Howard, a petición suya, le escribió el relato de su vida.
Pero un nombre no explica nada. Antes de leer el cielo hay que resolver una pregunta que cualquier niño ha hecho alguna vez: si una nube está hecha de agua, ¿por qué no se cae?
Quinientas toneladas que no se caen
Un cúmulo de buen tiempo mide más o menos un kilómetro de ancho y otro de alto. Los aviones con instrumentos que cruzan esas nubes encuentran dentro alrededor de medio gramo de agua líquida por metro cúbico. Un kilómetro cúbico son mil millones de metros cúbicos, así que salen unos 500.000 kilos: quinientas toneladas de agua sobre tu cabeza, lo que cabría en un cubo de unos ocho metros de lado. Es un orden de magnitud, porque hay nubes más secas y otras mucho más cargadas.
Parece imposible hasta que se pesa también el aire. Ese kilómetro cúbico, entre uno y dos kilómetros de altura, contiene unos mil millones de kilos de aire: un millón de toneladas. El agua es una parte de cada dos mil. Una nube no es un saco de agua colgado del cielo, sino aire con unas gotas repartidas, y la pregunta es por qué esas gotas no se salen por abajo.
La clave está en su tamaño. Una gota de nube mide de media unas dos centésimas de milímetro, y a ese tamaño el aire la frena tanto que cae a un centímetro por segundo: en aire quieto tardaría alrededor de un día en bajar un kilómetro. Pero el aire de un cúmulo no está quieto. Sube, calentado por el suelo, y en los cúmulos de buen tiempo lo hace a velocidades del orden de medio metro por segundo: un paseo muy lento, y aun así unas cincuenta veces más rápido que la caída de la gota.
Por eso una nube se parece menos a un objeto que a la fuente de un jardín, cuyo chorro dibuja siempre la misma figura aunque el agua nunca sea la misma. En el cúmulo, el aire húmedo entra por la base y se enfría al subir, porque se expande —casi un grado por cada cien metros, como se explica en cómo leer las isobaras—, hasta que su vapor se condensa en gotas. Por los bordes se mezcla con aire seco y las gotas vuelven a evaporarse. La forma dura; el material se renueva. La comparación cojea en un punto: en la fuente viaja el agua, y en la nube viaja sobre todo el aire, mientras el agua cambia de estado al entrar y al salir.
Lo que no puede hacer una gota de nube es llover. Una gota de lluvia mide de media unos dos milímetros, y para fabricarla hay que juntar alrededor de un millón de gotas de nube. Muchas nubes no lo consiguen: los cúmulos pequeños y aplastados, los que la OMM llama humilis, no suelen dar precipitación.
Cuando el aire sube mucho más deprisa, la nube cambia de categoría. El 14 de febrero de 2007, en Australia, la parapentista Ewa Wiśnierska fue arrastrada por la corriente ascendente de un cumulonimbo hasta unos diez kilómetros de altura, a unos −50 °C. Su GPS registró subidas de hasta 21 metros por segundo, dos mil veces lo que cae una gota de nube. Perdió el conocimiento y aterrizó, viva, más de tres horas después. Otro piloto murió en la misma tormenta, alcanzado por un rayo.
De ahí sale la clave de la clasificación: la forma de una nube es la huella del movimiento del aire que la fabrica. El aire que sube a borbotones levanta montones; el que se enfría poco a poco en una capa ancha y tranquila tiende colchas. Sobre esa idea, y sobre la altura, está construido el sistema actual.
Diez géneros y tres pisos
A Howard le salieron siete formas; casi todo lo demás llegó durante el siglo XIX. En 1840, el alemán Kaemtz añadió el estratocúmulo. En 1855, Renou abrió el piso de en medio con los altocúmulos y los altostratos. Weilbach bautizó el cumulonimbo. Y en 1887, Hildebrandsson y Abercromby lo ordenaron todo por alturas, respetando el esquema de Howard. Abercromby había dado dos veces la vuelta al mundo para asegurarse de que las nubes eran las mismas en todas partes, y lo eran, al menos en primera aproximación. La Conferencia Meteorológica Internacional de Múnich recomendó esa clasificación en 1891, y en 1896 salió el primer Atlas Internacional de Nubes, con 28 láminas en color y texto en francés, alemán e inglés.
Hoy la Organización Meteorológica Mundial reconoce diez géneros, que su atlas escribe en latín también en la versión española, repartidos en tres pisos cuya altura cambia con la latitud. En las latitudes templadas, que son las nuestras, quedan así:
- Piso alto, de 5 a 13 km: Cirrus, Cirrocumulus y Cirrostratus: nubes hechas sobre todo de cristales de hielo.
- Piso medio, de 2 a 7 km: Altocumulus, Altostratus y Nimbostratus.
- Piso bajo, del suelo a 2 km: Stratus, Stratocumulus, Cumulus y Cumulonimbus.
Los pisos se solapan, y hay nubes que no respetan fronteras. El nimbostrato, la capa gris de las lluvias largas, vive en el piso medio pero suele invadir los otros dos. Los cúmulos y los cumulonimbos tienen la base abajo y pueden subir la cima hasta el piso alto: un cumulonimbo maduro puede ocupar la troposfera entera y, cuando choca con su techo, se aplana en forma de yunque. En el otro extremo está la niebla, que es una nube posada en el suelo: la que se encharca en el fondo de los valles en las noches frías, como se cuenta en Tu ciudad tiene su propio modelo favorito.
La edición del atlas de marzo de 2017 fue la primera pensada para internet. No tocó los diez géneros, pero añadió doce nombres, los primeros desde 1951. Uno es asperitas, «aspereza» en latín: una base de nube ondulada como un mar picado visto desde abajo. La propuso una asociación de aficionados, la Cloud Appreciation Society, a partir de fotos de sus socios. Más de dos siglos después de Howard, el cielo sigue admitiendo descubrimientos de gente que mira hacia arriba por gusto.
Otros reconocen nubes nacidas de causas locales, de las cataratas a los incendios. Una estela de avión que dura al menos diez minutos tiene ya nombre oficial, Cirrus homogenitus: cirro hecho por el hombre. Somos, por escrito, una especie que fabrica nubes.
Clasificar era solo la mitad del plan. Howard ya discutía en su ensayo cómo usar las nubes para prever el tiempo, y algunas de esas lecturas siguen valiendo.
Lo que anuncian, y cuánto fiarse
La primera señal es un cielo que se cierra desde arriba. Primero, cirros como filamentos de lana cardada. Luego, un velo lechoso de cirrostratos que puede pintar un halo alrededor del Sol o de la Luna. Después, una capa gris de altostratos tras la que el Sol apenas se adivina. Al final, el nimbostrato y la lluvia. Es la firma de un frente cálido, la frontera en la que el aire templado avanza montándose sobre el frío; la idea de los frentes nació en Bergen hace algo más de un siglo, como se cuenta en De FitzRoy al superordenador. La rampa es muy tendida, del orden de un metro de subida por cada doscientos de avance, y por eso las primeras nubes altas asoman cientos de kilómetros por delante, como medio día antes que el frente.
Lo que cuenta es la secuencia, no un cirro suelto. Hay muchos cirros sin frente detrás, empezando por las estelas de los aviones, y los cirrocúmulos, ese empedrado diminuto, suelen ir con buen tiempo. La señal es que el velo espese y baje durante horas, mejor aún si a la vez cae el barómetro: el servicio meteorológico británico relaciona un velo continuo de cirrostratos con un frente cálido y lluvia en menos de un día. Es una probabilidad, no una promesa.
La segunda señal es de verano, y de montaña. En un día de sol, el aire calentado por el suelo sube en burbujas y fabrica cúmulos que pueden crecer a lo largo del día. Si a media mañana ya hay cúmulos que se estiran hacia arriba como coliflores, los congestus, o torrecillas que brotan de una capa de altocúmulos, el aire es inestable desde temprano y la tarde puede acabar en tormenta. De ahí la primera regla del montañero en verano: salir con las primeras luces y hacer cumbre antes de mediodía.
También aquí conviene rebajar la confianza. Lo habitual es que los primeros congestus se deshagan sin llegar a tormenta: al crecer se mezclan con aire seco, sus gotas se evaporan y pierden el empuje. La señal sirve para estar atento; los avisos de AEMET van siempre por delante.
La tercera es la más llamativa. Cuando el viento cruza con fuerza una sierra y el aire es estable, sube por la ladera, baja al otro lado y sigue ondulando a sotavento, como el agua de un río detrás de una piedra. En cada cresta de la onda, si hay humedad, el aire se enfría y forma una nube con forma de lente: lenticular, del latín lenticularis, «parecido a la lenteja». Puede pasar horas quieta mientras el viento la atraviesa, porque se forma por delante, donde el aire sube, y se evapora por detrás, donde baja. Es la fuente del jardín otra vez.
Lo que anuncia es viento fuerte en altura: la OMM la tiene por señal de vientos fuertes en capas medias estables, y los pilotos de aviones con motor suelen evitarla por la turbulencia. No anuncia lluvia, porque no la da. Y no garantiza viento donde estás: bajo esas ondas puede haber rachas muy fuertes en un punto y calma a unos cientos de metros.
Las tres señales leen lo que el aire ya está haciendo y valen para las horas siguientes, como mucho para el día siguiente. Para saber qué tiempo hará dentro de tres días hay que calcular la atmósfera entera. Y ahí las nubes se vuelven un problema.
Lo que ve un modelo, y lo que comprobamos
Un modelo meteorológico no te dirá «mañana, cirros». El del centro europeo, el ECMWF, por ejemplo, trocea la atmósfera en casillas de varios kilómetros de lado y calcula en cada una qué fracción ocupa la nube y cuánta agua líquida y cuánto hielo contiene. Un cúmulo de un kilómetro es más pequeño que la casilla y el modelo no lo puede dibujar: solo puede estimar qué parte de ella taparían los cúmulos que no ve, con una de esas recetas aproximadas llamadas parametrizaciones, que se explican en ¿Qué es un modelo meteorológico?
Lo que sale de ahí es un porcentaje: qué parte del cielo quedará tapada. Los modelos suelen darlo también en tres capas, baja, media y alta, con fronteras que no coinciden con los pisos de la OMM: nuestro proveedor de datos, Open-Meteo, llama bajas a las nubes de menos de 3 kilómetros y altas a las de más de 8. Eso dice cuánto cielo se tapa y a qué altura, pero no qué forma tiene la nube. Es una mirada más pobre que la de Howard, con una ventaja que la suya no tenía: es un número, y un número se puede comprobar.
Comprobarlo cuesta más de lo que parece, porque las estaciones automáticas con las que verificamos la temperatura, la lluvia o las rachas no miden las nubes. Por eso, desde el 7 de octubre de 2026, MeteoRanking comprueba la nubosidad desde arriba, con la máscara de nubes del satélite Meteosat (© EUMETSAT): para cada municipio contamos qué parte del cielo está cubierta en 10 kilómetros a la redonda, hora a hora, y comparamos la media del día con lo que dijo cada uno de los seis modelos que combinamos. Se verifica el porcentaje total. Las capas se combinan pero no se puntúan, porque no hay con qué medirlas, y el tipo de nube ni se predice ni se verifica. El método y sus límites están en Cómo funciona.
Howard dibujaba las nubes desde abajo, con lápiz y paciencia. Hoy también se miran desde la órbita, donde un satélite tiene que decidir, punto a punto, si ve nube o suelo, y de noche no siempre lo consigue con la niebla y las nubes bajas. Cómo lo hace es otra historia. Mientras tanto, el reparto está claro: el porcentaje de cielo cubierto lo calculan los modelos, y lo verificamos cada día. Lo que el cielo te cuenta cuando levantas la vista se sigue leyendo, desde 1802, con el alfabeto de un boticario.