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Levante, poniente, cierzo, tramuntana: los nombres del viento en España

15 de octubre de 2026 · 13 min de lectura

En Tarifa el viento casi nunca se nombra con un punto cardinal: o hay levante o hay poniente, y esa sola palabra ya dice qué aire trae, cuánto puede durar y cómo se pondrá el mar. Cada nombre de viento es un pronóstico comprimido y un trozo de geografía. España guarda decenas, muchos nacidos de montañas que encauzan el aire, y en ellos ha quedado escrita, sin una sola fórmula, buena parte de la física del viento.

Una palabra que ya es un pronóstico

En 1990, el meteorólogo Lorenzo García de Pedraza y el geógrafo Carlos García Vega resumieron lo que se sabía del viento en el Estrecho de Gibraltar, y sus cifras lo explican. El levante sopla una media de 165 días al año y puede durar de siete a diez días seguidos. El poniente llega unos 60 días al año, casi siempre de paso, entre medio día y día y medio. La calma apenas asoma en las observaciones de Tarifa, de un 2 a un 6 % de las veces, y de ahí el dicho que recogen los dos autores: «te mueves más que una bandera en Tarifa».

La palabra dice mucho más que una dirección. El levante es viento de borde de anticiclón: aire cálido y húmedo del Mediterráneo, a veces con calima, que deja una nube enganchada como una cofia sobre el Peñón de Gibraltar. El poniente es viento de borde de borrasca: aire fresco del Atlántico, chubascos al paso del frente y cielos limpios detrás. Quien oye «mañana entra poniente» sabe, sin mirar un mapa, que viene un cambio y que durará poco.

Todos los nombres de viento funcionan así: dicen de dónde viene el aire, qué trae y dónde manda. García de Pedraza propuso en 1971 una regla de bolsillo para la península, en la que, por ejemplo, lo que llega del noroeste es fresco y húmedo, y lo del sureste, cálido y seco. Cada nombre local es esa regla corregida por una sierra, un valle o una costa, y por marinos, pastores y labradores que, como anotaron los dos autores, conocían bien los efectos de cada viento aunque no siempre sus causas. Vistos así, los nombres son un registro meteorológico más viejo que cualquier termómetro, y guardan la huella de quien lo escribió.

Un mapa del Mediterráneo en ocho palabras

Hacia 1288, en París, Ramon Llull enumeró en el Llibre de meravelles ocho vientos: cuatro principales — llevant, ponent, migjorn y tramuntana — y otros cuatro entre ellos — xaloc, mestre, grec y labeig —. Con la ortografía puesta al día, son los mismos ocho de la rosa de los vientos que el Servicio Meteorológico de Cataluña usa hoy: tramuntana, gregal, llevant, xaloc, migjorn, llebeig o garbí, ponent y mestral. En más de siete siglos, la rosa apenas ha cambiado. Y cada nombre es un viaje.

La tramuntana viene del latín transmontana, «la del otro lado de los montes», y para quien vive en el Empordà esos montes son el Pirineo. En castellano, dice la Academia, perder la tramontana es perder la brújula. El gregal es, en latín, el viento «de Grecia». El lebeche de Murcia viene del latín Libyce, «a la manera de Libia», porque soplaba de allí, y entró en el castellano por el árabe andalusí. El garbí viene de una palabra árabe que significa «occidental». Y el siroco, el xaloc de la costa catalana, valenciana y balear, hizo el viaje más largo: del latín salum, «la agitación del mar», pasó al árabe andalusí como «viento de la marina», y de ahí al italiano y al castellano. El Mediterráneo entero cabe en un nombre de viento.

Tierra adentro, los nombres miran al cielo o al paisaje. El solano es el que sopla de donde nace el sol. El ábrego, del latín Africus, «el africano», es para el diccionario un viento templado y húmedo del suroeste que trae lluvias. Y el bochorno viene del latín vulturnus, un viento del sureste: la palabra acabó nombrando sobre todo el calor sofocante, pero en el valle del Ebro todavía es el nombre del viento.

Puestos en fila, son un mapa de quién navegaba por el Mediterráneo y con quién hablaba. Pero un nombre dice de dónde viene el viento, no por qué en Tarifa sopla de dos maneras y casi nunca de otra.

Por qué sopla, y por qué a veces solo en dos sentidos

El viento es aire que va de donde la presión es alta hacia donde es baja, y sopla más fuerte cuanto más brusca es la diferencia: donde las isobaras se aprietan, hay viento (lo contamos en cómo leer las isobaras). En mar abierto, la rotación de la Tierra lo tuerce hasta hacerlo correr casi en paralelo a las isobaras, rodeando borrascas y anticiclones. Pero cerca del suelo, entre montañas, el rumbo lo decide el relieve.

Piensa en una casa, un día de viento, con una ventana abierta en cada extremo. Sople como sople fuera, la corriente cruza la casa por el pasillo: la diferencia de presión entre las dos fachadas pone la fuerza, y las paredes ponen el camino. La imagen falla en algo importante: la atmósfera no tiene techo, y el aire puede saltar por encima de las montañas. A menudo lo hace. El pasillo manda de verdad cuando el aire que se mueve es una capa baja y estable, muchas veces con otra más cálida encima que hace de tapadera: una inversión térmica.

El Estrecho de Gibraltar es el pasillo de libro: 14 kilómetros en su parte más angosta, entre las sierras béticas y el Rif. Con altas presiones sobre el golfo de Vizcaya o el Mediterráneo occidental, y bajas entre el golfo de Cádiz, Marruecos y Canarias, el aire corre hacia el Atlántico: es el levante. Cuando una borrasca cruza del golfo de Cádiz hacia el mar de Alborán, el empuje se invierte y entra el poniente. Se suele hablar de efecto embudo, y la imagen vale si no se toma al pie de la letra: según la definición de la Sociedad Meteorológica Americana, lo que acelera estos vientos de garganta es la diferencia de presión a lo largo del canal. El 28 de enero de 1984, a mediodía, Tarifa medía 93 km/h de levante y Cádiz, ya fuera del pasillo, 38 km/h. La ficha de Tarifa te dice cuál de los dos toca y a qué hora entra.

El valle del Ebro es el otro gran pasillo: una cubeta alargada de noroeste a sureste, con el Pirineo a un lado y el Sistema Ibérico al otro. Ángel Biel y García de Pedraza escribieron en 1962 que, entre esa doble muralla, el viento sopla sobre todo valle abajo — el cierzo, del noroeste, frío y seco — o valle arriba — el bochorno, cálido, del sureste —. De 97.045 observaciones del aeropuerto de Zaragoza entre 1943 y 1960, el 47,3 % venía del cuadrante entre el oeste y el norte, y solo el 14,5 % del opuesto. Añadían que los árboles del valle crecen con la copa echada hacia donde empuja, y que basta mirar el paisaje para saber qué viento manda. La ficha de Zaragoza avisa cuándo entra el cierzo.

Lo pone en marcha, típicamente, un anticiclón en el Atlántico frente a una borrasca en el Mediterráneo, a veces en el golfo de Génova, y los resúmenes de AEMET hablan entonces de «régimen de cierzo y tramontana». Los globos sonda de Zaragoza lo midieron en abril de 1982, durante el experimento internacional ALPEX: una corriente del noroeste de unos 800 a 1.000 metros de espesor, con la velocidad máxima arriba, a la altura de una inversión que la separaba del aire del norte que pasaba sobre el Pirineo. El pasillo, con tapadera y todo.

Y es un viejo conocido. En el año 195 antes de Cristo, el cónsul Marco Porcio Catón llegó a sofocar una rebelión en la Hispania Citerior, y en sus Orígenes describió un viento de las tierras de este lado del Ebro: si hablas, te llena la boca, y tumba a un hombre armado y a un carro cargado. Del libro solo quedan fragmentos; este lo salvó Aulo Gelio, que lo copió en el siglo II en sus Noches áticas y anotó que Catón no escribía circius, sino cercius. De esa forma vienen, según la Academia y el diccionario catalán de Alcover y Moll, el cierzo y el cerç. Queda saber por qué otros vientos llegan, además, calientes.

El viento que baja de la montaña

A las siete de la mañana del 14 de febrero de 2007, con viento del suroeste, la mitad oriental del Cantábrico estaba a unos 18 °C, doce grados más que la media de febrero, según un análisis de AEMET en Cantabria. Bastó con que el viento cruzara la cordillera Cantábrica — una muralla paralela a la costa, a 40 o 50 kilómetros tierra adentro y de unos 1.600 metros de altura media — y bajara hasta el mar. Allí lo llaman viento sur, y AEMET describe estas situaciones por sus señales: calor anormal en la costa, viento fuerte y nubes lisas con forma de platillo, los altocúmulos lenticulares.

La clave se puede comprobar con una bomba de bicicleta: el aire se calienta al comprimirlo, y por eso el cilindro se templa al inflar una rueda (aunque parte de ese calor sea rozamiento). El aire que baja una ladera entra en capas de más presión, se comprime y gana casi un grado por cada cien metros, 9,8 °C por kilómetro, mientras no haya agua que se condense o se evapore. Si baja 1.500 metros, llega unos 15 °C más caliente de lo que estaba arriba, y con la humedad relativa por los suelos, porque el mismo vapor cabe holgado en un aire más caliente.

Es el efecto foehn, por el viento cálido que baja de los Alpes. La explicación de manual añade un paso: el aire sube por la otra ladera, se enfría, forma nubes y deja allí la lluvia; como el vapor devuelve calor al condensarse, se enfría menos al subir de lo que se calienta al bajar. Es correcta, pero no es la única. Los primeros estudios científicos, hace más de un siglo, ya proponían otra causa: si la montaña frena el aire de abajo, el que cruza la cresta y desciende viene de más arriba, y se calienta al bajar sin que llueva en ninguna parte. Un estudio de 2016 que midió cada mecanismo en la península Antártica concluyó que cualquiera de los dos, o la mezcla turbulenta del aire sobre el relieve, puede mandar según el día. Por eso el viento sur es un foehn en sentido amplio: aire que baja de la cordillera y se calienta al comprimirse, haya llovido o no al otro lado.

El terral de Málaga es pariente suyo. La costa malagueña vive resguardada del norte por una pared de sierras, y el aire del interior se cuela por portillos como el del Guadalhorce, según García de Pedraza. En verano el interior es un horno: cuando sopla del noroeste o del norte, baja hacia el mar un aire que ya venía caliente y seco, y la bajada termina de calentarlo. El 19 de julio de 2023, con terral, el aeropuerto de Málaga marcó 44,2 °C e igualó el máximo de su serie, que AEMET lleva desde 1942. Los divulgadores José Luis Escudero y José Miguel Viñas han desmontado sus mitos: no viene de África, sino del lado contrario, ni dura tres días, y también hay un terral de invierno, fresco o templado. La ficha de Málaga lo nombra cuando se dan las condiciones, porque ni el terral ni el viento sur son una dirección: son una dirección con calor y sequedad.

El nombre del viento en tu municipio

Desde el 4 de octubre de 2026, la ficha de los 702 municipios de MeteoRanking dice el viento por su nombre local, allí donde lo tiene: en la casilla del viento, junto a la flecha; en la tira de horas, cuando cambia; y en las tarjetas de los próximos días. Es una traducción, no un dato nuevo. La dirección prevista combina los seis modelos, cada uno pesado por su acierto reciente con el viento y por su fuerza, y se suman como flechas, no como números: la media de 350° y 10° no es 180°, viento del sur, sino 0°, norte. Después, la zona pone el nombre: el mismo viento del este es levante en Tarifa, llevant en Valencia y solano en Madrid. Donde no hay un nombre fiable, como en el Pirineo, se queda en el punto cardinal.

Los nombres que solo dependen de la dirección se dicen con cualquier intensidad, porque en el Estrecho importa saber si entra levante o poniente aunque sople flojo; solo la calma, por debajo de 2 km/h, no tiene dirección que nombrar. El cierzo es la excepción: en el valle del Ebro exige al menos 15 km/h, porque una brisa del noroeste no es cierzo. Con viento fuerte, 40 km/h sostenidos o rachas de 70, el nombre crece: levantazo y ponientazo en el Estrecho y en las costas del mar de Alborán; tramuntanada, gregalada o llevantada en la costa catalana, la valenciana y Baleares.

El terral y el viento sur piden más. La web solo dice «terral» si además hay al menos 28 °C, la humedad no pasa del 40 % y el viento llega a 10 km/h; y «viento sur», si la humedad no pasa del 55 % y sopla a 20 km/h o con rachas de 45. Esos umbrales son nuestros, porque ninguna fuente da cifras para decidir cuándo un noroeste es ya terral, y son prudentes a propósito: mejor quedarse corto un día de terral flojo que llamar terral a lo que no lo es. El precio es que el terral fresco del invierno se queda sin su nombre. Y las tarjetas de los próximos días nunca dicen terral ni viento sur: sin la temperatura y la humedad de cada hora, no hay forma de comprobarlos.

Queda lo más importante: de dónde sale cada rumbo. En la casilla del viento de ahora mismo, si la estación oficial más cercana tiene una lectura reciente, la fuerza y el rumbo son los que ha medido (AEMET da los grados; el IPMA, uno de ocho rumbos), y el nombre sale de esa medida. En la tira de horas y en los próximos días, el rumbo es previsión. La fuerza del viento la verificamos además cada día contra esa estación; la dirección de los modelos, por ahora, no se puntúa. Y los modelos calculan sobre una malla de varios kilómetros, cuando el terral puede cambiar la temperatura más de 10 °C entre estaciones separadas por pocos kilómetros (la malla y sus límites, en Tu ciudad tiene su propio modelo favorito).

Hay un nombre que la web no dice nunca: galerna, del francés galerne, el golpe de viento del noroeste que en el Cantábrico rompe en minutos un día apacible y caluroso, con caídas de hasta 12 °C en veinte minutos. Eso no es un rumbo que traducir, sino materia de los avisos de AEMET. La noche del 12 al 13 de agosto de 1912, una galerna sorprendió a la flota pesquera vizcaína a unas sesenta millas al norte de Bermeo, y murieron alrededor de 140 pescadores, la mayoría de ese puerto.

Un nombre de viento condensa siglos de observación. Nuestra parte es más modesta: tomar lo que dicen seis modelos, traducirlo a la lengua de cada sitio y decir con claridad dónde no llegamos (el método, en Cómo funciona). Cuando la ficha de tu pueblo diga «cierzo», no te estará dando solo un rumbo, sino lo mismo que anotó Catón hace más de veintidós siglos: que hay tierras con un viento propio, y que conviene saber cuándo llega.

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