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Borrascas con nombre: quién las bautiza y por qué
29 de octubre de 2026 · 13 min de lectura
La gran nevada de 2021 cayó sobre Madrid el 8 y el 9 de enero, pero se la recuerda por un nombre más que por su fecha: Filomena. Ese nombre llevaba meses escrito en una lista, y se le puso a la borrasca sobre todo por el viento que iba a llevar a Canarias, no por la nieve. Bautizar borrascas no tiene que ver con la física de la atmósfera, sino con algo igual de serio: que un aviso se oiga.
Santos, esposas y políticos
Ponerle nombre al mal tiempo es más viejo que la meteorología. La propia palabra lo lleva dentro: borrasca viene, a través del latín, de Bóreas, el viento del norte de los griegos. Antes de las listas, algunos huracanes se quedaron con el santo del día en que golpeaban, como los dos San Felipe, el de 1876 y el de 1928. Eran nombres para recordar, no para avisar: llegaban cuando el daño ya estaba hecho.
El primero en bautizarlos por sistema fue un personaje pintoresco. Clement Wragge, meteorólogo del Gobierno de Queensland, en Australia, desde 1887, ponía a los ciclones letras griegas y figuras de la mitología, y con el tiempo empezó a ponerles nombres de políticos que le caían mal. Según la NOAA estadounidense, así podía anunciar en público que tal político «estaba causando gran angustia» o «vagaba sin rumbo por el Pacífico».
Después de Wragge la costumbre se perdió, y volvió por la literatura. En Storm, una novela de 1941 de George R. Stewart, un meteorólogo joven bautiza las borrascas del Pacífico con los nombres de sus antiguas novias, y en 1944 tres meteorólogos militares estadounidenses destinados en Saipán hicieron lo mismo con los tifones, pero con los de sus esposas. En 1953, el servicio meteorológico de Estados Unidos adoptó nombres de mujer para los huracanes del Atlántico, y en 1979 empezó a alternarlos con nombres de hombre.
Hoy esas listas las mantiene la Organización Meteorológica Mundial (OMM). En el Atlántico hay seis, que se repiten cada seis años, y el nombre de un huracán especialmente mortífero se retira para siempre. La razón de fondo la da la propia OMM: un nombre corto y distinto se transmite más deprisa y con menos errores que una latitud y una longitud, sobre todo cuando hay varias tormentas a la vez. Europa tardó mucho más en verlo así.
De Berlín al grupo suroeste
Desde 1954, la Universidad Libre de Berlín bautiza las borrascas y los anticiclones que influyen en el tiempo de Europa central, y desde 2002 vende esos nombres para costear la observación meteorológica que hacen sus estudiantes. De esa lista salió Klaus, la borrasca que barrió el norte de España en enero de 2009: un nombre que no venía de ningún servicio meteorológico ni de ningún aviso.
El cambio empezó en las islas británicas. En 2015, la Met Office y el servicio irlandés, Met Éireann, comenzaron a nombrar las borrascas para las que preveían avisos serios, y en 2019 se les unió el de los Países Bajos. En la temporada 2017-2018, AEMET, Météo-France y el IPMA portugués crearon el grupo suroeste europeo, con nombres propios en lugar de los de Berlín. Su primera borrasca fue Ana, bautizada por AEMET el 8 de diciembre de 2017. Después llegaron Bélgica, en la temporada 2019-2020; Luxemburgo, en la de 2021-2022, y Andorra, en la de 2025-2026. La que empezó el 1 de septiembre de 2026 es la décima. Cuando un grupo europeo bautiza una borrasca, los demás, por norma, adoptan el nombre, para que no cambie al cruzar una frontera.
La lista de esta temporada tiene 21 nombres en orden alfabético, que alternan hombre y mujer y se saltan las letras Q, U, X, Y y Z, igual que las de los huracanes. La propone cada vez un país, por turno: la de 2026-2027 la ha preparado Météo-France, tras una consulta pública con más de 40.000 participantes. Dice así: Adam, Bruna, Charles, Diane, Eric, Flora, Gabriel, Heloise, Igor, Julia, Kevin, Lola, Michel, Nathalie, Oscar, Paola, Rafael, Sandra, Thomas, Vera y Walter. No es una previsión de temporales. Si este otoño ya has oído hablar de Adam o de Bruna, ya sabes de dónde salieron.
La temporada 2025-2026 batió el récord, con 19 nombres, de Alice, el 7 de octubre de 2025, a Therese, el 16 de marzo de 2026; el máximo anterior eran 17. Entre el 22 de enero y el 14 de febrero de 2026 llegaron siete seguidas, de Ingrid a Oriana. Con Leonardo, la estación automática de AEMET en Grazalema (Cádiz) recogió 577 litros por metro cuadrado en un día, el 4 de febrero, la segunda cifra diaria más alta de su red automática tras los 771,8 de Turís el día de la dana de Valencia, y hubo que desalojar el pueblo entero. ¿Qué tiene que pasar para que una borrasca entre en la lista?
Se bautiza el daño, no la profundidad
La regla sorprende: no se pone nombre a las borrascas más profundas, sino a las que van a hacer daño. Un servicio del grupo bautiza una borrasca cuando prevé avisos naranjas o rojos por viento con gran impacto en varias zonas (en España, rachas de más de 90, 100 o 110 km/h, según la zona), o amarillos por viento si la lluvia o la nieve van a llegar al naranja o al rojo. Los avisos por vientos locales, como el cierzo, la tramontana o el levante del Estrecho, no cuentan, aunque esos vientos tengan nombre propio. El primer servicio que prevé el aviso pone el nombre y avisa a los demás, y la borrasca lo conserva toda su vida.
Gloria lo demuestra. Cuando AEMET la bautizó, el 17 de enero de 2020, era una borrasca modesta: el día 19, su centro rondaba los 1.011 hPa, una presión nada baja. La fuerza del temporal no salió de su hondura, sino del contraste con su vecino. Al sur de Gran Bretaña se había plantado un anticiclón de más de 1.050 hPa, un máximo histórico, y entre los dos las isobaras se apretaron y empujaron durante días un viento del este sobre el Mediterráneo español. La boya de Valencia midió olas de 8,44 metros de altura significante (la media del tercio más alto de las olas) y batió el récord anterior, los 8,15 metros de Mahón en 2003. El delta del Ebro quedó inundado entero. Protección Civil y otras fuentes le atribuyen trece muertos y tres desaparecidos.
Filomena enseña otra cosa: que el nombre tampoco anuncia qué va a hacer la borrasca. AEMET la bautizó el 5 de enero de 2021 sobre todo por el viento que iba a llevar a Canarias. Después subió hacia la península, y su aire templado y húmedo pasó por encima de una masa de aire muy frío que estaba instalada desde Navidad. Lo que cayó fue nieve, sobre media España, con hasta 50 centímetros en Madrid. El nombre no describía el peligro. Solo decía: esta importa. Y hasta octubre de 2025, esa lógica dejaba fuera a un fenómeno que España conoce demasiado bien.
Las danas también, desde 2025
Una dana no es una borrasca más. La borrasca es una baja presión que se dibuja en el mapa de superficie; la dana es una bolsa de aire frío descolgada a varios kilómetros de altura, que puede dejar poca huella en las isobaras del suelo y, aun así, desatar lluvias torrenciales si encuentra debajo un mar caliente. El sistema nació para las borrascas, con un criterio centrado en el viento, y las danas, cuyo peligro suele ser la lluvia, no entraban. La del 29 de octubre de 2024, la de Valencia, no tuvo nombre: en la lista de aquella temporada se pasa de Berenice, el 11 de octubre, a Caetano, el 19 de noviembre.
Eso cambió el 6 de octubre de 2025. AEMET anunció que desde entonces también se bautizarían las danas con gran impacto previsto, con la misma lista que las borrascas y sin necesidad de avisos por viento. Uno de los motivos que dio es de comunicación: evitar que el fenómeno se asocie, sin más, a impactos graves o catastróficos. Añadimos una lectura nuestra: si cada dana suena a tragedia, las muchas que pasan sin pena ni gloria enseñan a no hacer caso de la palabra. Al día siguiente se estrenó el sistema con Alice, la primera dana con nombre. El 10 de octubre llevó el aviso rojo al Campo de Cartagena, Mazarrón y la Vega Baja del Segura, y el 12 dejó 190,4 litros por metro cuadrado en Tortosa.
¿Sirve de algo un nombre?
AEMET defiende que el nombre hace la comunicación más eficaz, y cita encuestas en las que la población estaba más atenta a los avisos. Después de la borrasca Babet, en octubre de 2023, la Met Office británica preguntó en las zonas con aviso naranja o rojo: el 97 % de la gente conocía el aviso, y el 89 % de quienes lo conocían hizo algo por él.
Esas cifras hay que leerlas con cuidado. Son encuestas del mismo servicio que pone los nombres, y no separan el efecto del nombre del efecto del aviso, que existiría igual sin bautizo. A nuestro juicio, la ventaja está en lo que hace un nombre en una conversación: se repite, cabe en un titular, cruza fronteras sin traducción y distingue una borrasca de la siguiente cuando llegan en fila, como en febrero de 2026. Llevamos milenios contando el mundo con personajes, y a un personaje se le presta atención.
Un nombre tampoco es neutro, y ahí la ciencia ha resbalado alguna vez. En 2014, un estudio publicado en la revista PNAS sostuvo que en Estados Unidos los huracanes con nombre de mujer mataban más, porque la gente los temía menos. Jeff Lazo, investigador del NCAR estadounidense, le puso enseguida un reparo de fondo: entre 1953 y 1978 todos los huracanes del Atlántico llevaban nombre femenino, y en aquellas décadas los huracanes mataban más, se llamaran como se llamaran. Con esos datos, la conclusión queda en el aire. Lo que un nombre no dice es de qué clase es la borrasca, y algunas son, además, lo que los meteorólogos llaman una bomba.
La bomba: cuando la presión se desploma
El término lo popularizó en 1980 un artículo de Frederick Sanders, profesor del MIT, y John Gyakum, con una definición más precisa que el apodo. Hay ciclogénesis explosiva cuando la presión en el centro de una borrasca baja al menos 24 hectopascales en 24 horas a 60 grados de latitud, una referencia que venía de Tor Bergeron, de la escuela noruega de Bergen. Más cerca del ecuador el umbral se rebaja, en proporción al seno de la latitud, porque allí la rotación de la Tierra influye menos en el viento y basta una diferencia de presión menor para el mismo viento. A la altura del golfo de Vizcaya, por donde pasó Klaus, AEMET sitúa el umbral en unos 19 o 20 hPa en un día, y en el sur peninsular es algo menor.
La presión es el peso del aire que tienes encima. Que baje 24 hPa en un día quiere decir que la columna de aire sobre el centro de la borrasca ha perdido algo más del 2 % de su masa: unos 245 kilos por cada metro cuadrado, en una zona de cientos de kilómetros de ancho. ¿Quién se los lleva? El chorro. A unos nueve o diez kilómetros de altura corre ese río de viento del oeste, y en las zonas donde se acelera o se abre arrastra más aire del que llega por abajo.
Imagina una sala con una puerta a pie de calle y una salida en el tejado. Si por el tejado sale más gente de la que entra por la puerta, la sala se vacía. En la borrasca, el aire de alrededor acude hacia el centro para llenar el hueco y, al acercarse, gira cada vez más deprisa, como una patinadora que recoge los brazos. Ese aire sube, se enfría y condensa su vapor, y el calor que suelta al condensarse aligera todavía más la columna. Es un círculo que se realimenta, y por eso la caída se acelera. La imagen falla en un punto: en la atmósfera no hay paredes ni tejado; la «salida» es una zona del chorro donde el aire se separa, y la sala es un remolino de cientos de kilómetros.
El invierno es su estación porque es cuando más se separan las temperaturas del aire polar y del subtropical, y ese contraste es el que alimenta las borrascas y hace correr al chorro. Son sobre todo cosa del mar, y abundan sobre las corrientes cálidas del oeste de los océanos, como la del Golfo. Aquí son visitas ocasionales, porque suelen formarse en latitudes más altas que las nuestras.
Klaus fue una de esas visitas. El 23 de enero de 2009, al oeste de la península, su presión central cayó de unos 1.000 hPa a unos 965 en 24 horas: entre 34 y 38 hPa, según el análisis que se mire, casi el doble del umbral. A su paso por el norte peninsular, camino de Francia, dejó rachas de 198 km/h en Cerezo de Arriba (Segovia), a 1.880 metros de altitud, y de 193 km/h en el faro de Machichaco (Bizkaia).
Lo que ven los modelos y lo que no
Una borrasca profunda suele verse venir. Los modelos globales simulan bien lo grande, y una borrasca así abarca cientos de kilómetros: suelen verla con días de antelación. El propio bautizo es ya un pronóstico. Gloria recibió su nombre dos días antes de empezar a golpear; Filomena, tres días antes de la nevada de Madrid.
Lo fino es otra cosa. Unas decenas de kilómetros de más o de menos en la trayectoria pueden decidir qué tramo de costa se lleva lo peor (en 1987, una borrasca de profundización explosiva dejó en evidencia el pronóstico en el sur de Inglaterra). Y la racha es la cifra más escurridiza de todas. La OMM la define como el máximo de la velocidad media del viento en tres segundos: un golpe que depende del cabo, la ladera o la calle donde esté el anemómetro. Un modelo global no puede calcularla tal cual, porque sus casillas miden kilómetros, así que la estima; el del ECMWF, por ejemplo, la deduce del viento medio y de la turbulencia con una fórmula ajustada a observaciones. Y de los seis modelos que combina MeteoRanking, uno, AIFS, ni siquiera la publica.
Por eso verificamos la racha como cualquier otra variable: cada día comparamos la racha máxima que dio cada modelo con la que midió la estación oficial más cercana (así se mide si una predicción acertó). Con los datos del 9 de agosto al 4 de octubre de 2026, Sinapsis, nuestro pronóstico combinado, quedó por delante del mejor modelo de cada sitio en el 75 % de los 461 municipios con datos suficientes. Es una buena cifra, pero de final de verano: en esas semanas, el grupo suroeste no bautizó ni una sola borrasca. El examen de verdad empieza con las primeras del invierno, y lo verás en el ranking de tu ciudad (cómo se puntúa).
Cuando oigas un nombre nuevo este invierno, recuerda lo que significa: no que esa borrasca vaya a ser la más profunda, sino que algún servicio del grupo ha previsto avisos naranjas o rojos, quizá en Francia o en Portugal y no en tu provincia. Para saber qué te toca a ti están los avisos de AEMET, que tienen siempre la última palabra. El nombre solo dice que esta vez conviene mirarlos.