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Adiós al segundo intercalar: por qué los relojes dejan de esperar a la Tierra
19 de octubre de 2026 · 14 min de lectura
Desde 1972, los relojes que marcan la hora del mundo se han parado veintisiete veces a esperar a la Tierra. En esas noches el minuto tuvo sesenta y un segundos, y las pantallas enseñaron una hora que no existe: las 23:59:60. El 15 de octubre de 2026, en Versalles, se decidió que no habrá más esperas, y a partir del 20 de mayo de 2027 el tiempo de los átomos y el de la Tierra irán cada uno por su lado. Y en la explicación de por qué la Tierra lleva tan mal la hora aparece un culpable inesperado: el viento.
Dos relojes que nunca fueron el mismo
Durante casi toda la historia, saber la hora fue mirar al cielo. El día era lo que tardaba el Sol en volver a lo más alto, y las horas, los minutos y los segundos eran pedazos de ese giro: un segundo era la 86.400.ª parte del día. El reloj de verdad era la propia Tierra, y los relojes de las torres no hacían otra cosa que copiarlo.
El problema es que la Tierra es un buen reloj para casi todo, salvo para la precisión. Gira con tropiezos de milésimas de segundo: unos días tarda un poco más, otros un poco menos, y a la larga cada vez tarda algo más. Mientras los mejores relojes fueron de péndulo, esos tropiezos solo se adivinaban de forma indirecta, en pequeños desajustes de la Luna y los planetas con lo que predecían las tablas. Cuando aparecieron relojes más regulares que el planeta, primero de cuarzo y después atómicos, la situación se dio la vuelta: ya no era el reloj el que medía a la Tierra, sino la Tierra la que suspendía el examen.
En 1967 se tomó una decisión que tiene algo de abdicación. El segundo dejó de ser un trozo del día y pasó a ser una propiedad del átomo de cesio: la duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación asociada al salto entre dos niveles de energía del átomo. Esa cifra tan rara se eligió para que el segundo nuevo midiera lo mismo que el antiguo, y el antiguo, por cómo se había calculado, equivalía a la 86.400.ª parte del día tal como era, de media, entre 1750 y 1892. Pero el día se había alargado desde entonces: hacia 1961 ya pasaba de los 86.400 segundos atómicos en una o dos milésimas. Una milésima no es nada en un día; en un año, a esa diferencia diaria, se juntan entre un tercio y tres cuartos de segundo.
La solución, de 1972, fue un compromiso con siglas: el UTC, el tiempo universal coordinado. Sus segundos son atómicos, pero para que nunca se separe más de nueve décimas de segundo del tiempo de la Tierra (el que los astrónomos llaman UT1), se le añade un segundo cuando hace falta. Lo decide el Servicio Internacional de Rotación de la Tierra, el IERS, que lo anuncia con seis meses de antelación desde el Observatorio de París. Ese día, a medianoche UTC (la una o las dos de la madrugada en la península), el reloj pasa de las 23:59:59 a las 23:59:60, y solo entonces a las 00:00:00. Ha ocurrido veintisiete veces, la primera el 30 de junio de 1972 y la última el 31 de diciembre de 2016. En España la hora legal se basa en el UTC desde 1976, y quien la mantiene con sus relojes atómicos es el Real Instituto y Observatorio de la Armada, en San Fernando (Cádiz).
Imagina dos caminantes que salen juntos. Uno da pasos idénticos, como un metrónomo; el otro pasea, se entretiene y se va quedando atrás. Cada vez que la distancia llegaba a un paso, el del metrónomo se paraba a esperarle. Eso era el segundo intercalar. Durante años fue una curiosidad para coleccionistas de efemérides. Luego el mundo se llenó de máquinas que no saben esperar.
23:59:60, la hora que no cabe en un ordenador
Casi todos los programas del mundo dan por hecho dos cosas: que un minuto tiene sesenta segundos y que el tiempo nunca anda hacia atrás. El segundo intercalar rompe la primera, y la forma en que muchos sistemas intentan apañarse, repitiendo el último segundo, rompe la segunda.
La noche del 30 de junio de 2012 lo comprobó medio internet. Un fallo del núcleo de Linux dejó servidores dando vueltas sin hacer nada útil, y durante un rato fallaron Reddit, Mozilla o LinkedIn. El sistema de reservas Altéa, de la empresa Amadeus, estuvo una hora fuera de servicio, y en los aeropuertos australianos el personal de Qantas y de Virgin Australia tuvo que facturar a los pasajeros a mano. El 1 de enero de 2017 le tocó a Cloudflare, una de las empresas que sostienen el tráfico de la red: uno de sus programas restó dos instantes, le salió un tiempo negativo donde lo mínimo debía ser cero, y una parte de sus servicios falló hasta que lo arreglaron.
Cada gran empresa acabó inventando su remedio. Google, por ejemplo, reparte el segundo sobrante en dosis diminutas a lo largo de horas, de modo que sus relojes nunca marcan las 23:59:60: solo van un poco lentos durante un rato. Otros sistemas saltan o repiten un segundo. La Conferencia General de Pesas y Medidas lo dejó por escrito en 2022: los operadores de redes digitales y de navegación por satélite aplicaban el segundo intercalar con métodos distintos y sin una norma común. Dicho de otra forma, durante unas horas cada pocos años, máquinas del mismo planeta no se ponían de acuerdo sobre qué hora era.
Y todo eso con segundos positivos, los de siempre, los que al menos se habían ensayado. El miedo de verdad era otro: un segundo en sentido contrario. Para entender por qué empezó a rondar justo ahora, hay que preguntarse quién mueve las agujas del reloj de la Tierra. Uno de los sospechosos es, precisamente, el tiempo que pronosticamos aquí.
El viento que frena la Tierra
La atmósfera pesa más de cinco mil billones de toneladas, que parece mucho hasta que se compara: es menos de una millonésima parte de la masa del planeta. Y, aun así, sus vientos cambian la duración del día lo bastante como para medirlo.
La clave está en que la Tierra y su aire giran juntos, como un solo sistema, y lo que ese conjunto tiene de giro (lo que los físicos llaman momento angular) no se crea ni se destruye en ese intercambio: solo se reparte. Los vientos del oeste que dominan las latitudes medias, los del chorro que empuja hacia la península las borrascas del Atlántico, soplan en el mismo sentido en que gira el planeta, y más deprisa que el suelo. Cuando se refuerzan, se quedan con una parte mayor del giro, y la Tierra sólida, que es la que tiene que cederla, frena. Cuando aflojan, se la devuelven, y la Tierra acelera.
Piensa en un tiovivo que gira suelto con gente encima. Si todos echan a correr en el sentido del giro, la plataforma va más despacio bajo sus pies; cuando se paran, recupera la velocidad. La imagen cojea en un detalle: el aire no pisa el suelo. El intercambio se hace por el rozamiento del viento con la superficie y por el empuje del aire contra las cordilleras, y tarda unos días, en torno a una semana, en completarse.
El resultado se ve en el calendario. A lo largo del año la duración del día sube y baja en torno a una milésima de segundo, y la mayor parte de esa oscilación la explica la atmósfera. Los días más cortos llegan en pleno verano del hemisferio norte, cuando los vientos del oeste de nuestro lado del mundo están más flojos. No es casualidad que los récords de día corto de los últimos años hayan caído todos entre finales de junio y julio; la Luna, con sus mareas, elige después el día exacto.
Hasta el tiempo de un océano entero puede quedar escrito en los relojes. Durante el gran El Niño de 1982-1983, el desplome de los alisios del Pacífico elevó muy por encima de lo normal el giro acumulado en la atmósfera, y a finales de enero de 1983 el día fue anormalmente largo. Lo mostraron Richard Rosen y sus colegas en la revista Science en 1984, con las medidas de la rotación en una mano y las de los vientos en la otra.
Lo que mueve las agujas del reloj del planeta es, en buena parte, lo mismo que tratamos de pronosticar cada día: dónde sopla el viento, con qué fuerza y durante cuánto tiempo. Pero el viento solo las mece adelante y atrás, de una estación a otra y de un año a otro. La dirección de fondo la marcan otros tres actores, mucho más lentos.
La Luna, el núcleo y el hielo
El primero es la Luna. Sus mareas rozan el planeta y lo frenan, poco a poco, desde hace miles de millones de años. Cuánto, se ha medido con una fuente inesperada: los eclipses antiguos. Si la Tierra hubiera girado siempre al mismo ritmo, muchos eclipses de la Antigüedad se habrían visto en sitios distintos de los que cuentan las tablillas babilonias y las crónicas chinas, árabes y europeas. Comparando dónde se vieron con dónde deberían haberse visto, Richard Stephenson, Leslie Morrison y Catherine Hohenkerk calcularon en 2016 que el día se ha alargado, de media, unas 1,8 milésimas de segundo por siglo durante los últimos 2.700 años. Las mareas solas lo alargarían más deprisa, unas 2,3 milésimas por siglo; la diferencia la pone sobre todo la propia Tierra, que sigue recuperando la forma que le deformó el peso de los hielos de la última glaciación.
El segundo actor está a casi tres mil kilómetros bajo tus pies: el núcleo de hierro líquido, que intercambia giro con el manto en ciclos de décadas. Es el gran sospechoso de que la Tierra haya acelerado en los últimos tiempos. Los segundos intercalares se fueron espaciando (veintisiete en cuarenta y cuatro años, y ninguno desde 2016), y desde 2020 se han medido los días más cortos desde que hay datos precisos: el 5 de julio de 2024, el planeta completó el giro 1,66 milésimas de segundo antes de las 24 horas.
Si la tendencia seguía, en algún momento habría que quitar un segundo en vez de añadirlo: pasar de las 23:59:58 directamente a las 00:00:00. Nunca se ha hecho. Ningún sistema crítico lo ha vivido, y muchos programas ni siquiera lo contemplan. La Oficina Internacional de Pesas y Medidas (BIPM) lo cita como una de las razones para decidir ahora.
Y aquí entra el tercer actor, con una ironía que tiene poca gracia: el hielo. Cuando se derrite el de Groenlandia y la Antártida, el agua se reparte por los océanos y una parte de la masa del planeta se desplaza de los polos hacia el ecuador. Es lo que hace una patinadora que gira sobre sí misma y abre los brazos: frena. El geofísico Duncan Agnew calculó en 2024, en la revista Nature, que el deshielo acumulado desde 1990 había frenado la Tierra lo justo para retrasar el posible primer segundo negativo de hacia 2026 a hacia 2029. El propio Agnew insistió en que es un beneficio sin importancia al lado de los daños del calentamiento.
Este año, además, la Tierra parece haber levantado el pie: las previsiones que se publicaban en julio daban para el día más corto de 2026 unas 0,65 milésimas de adelanto, menos de la mitad que el récord. Cuánto durará la tregua no lo sabe nadie. Con un planeta que acelera y frena por su cuenta, los responsables de la hora mundial decidieron dejar de perseguirlo.
Versalles, 15 de octubre de 2026
La Conferencia General de Pesas y Medidas reúne cada cuatro años en Versalles a los países de la Convención del Metro, el tratado de 1875 con el que sus firmantes acordaron medir con las mismas unidades. El 15 de octubre de 2026, en su vigésima octava reunión, aprobó la Resolución 5, sobre las medidas técnicas para asegurar la continuidad del UTC. Noël Dimarcq, que preside el comité consultivo de tiempo y frecuencia del BIPM, la presentó como el final de treinta años de debate.
Lo que dice cabe en dos frases. A partir del 20 de mayo de 2027 no habrá más segundos intercalares: el UTC correrá sin saltos. Y la diferencia que se tolera entre el UTC y el tiempo de la Tierra pasa de menos de un segundo a una hora. La fecha no es casual: el 20 de mayo es el Día Mundial de la Metrología, el aniversario de la firma de la Convención del Metro, en París, en 1875.
La decisión venía de lejos. En 2022 la misma conferencia había acordado ampliar el margen como tarde en 2035, sin decir cuánto, y la Unión Internacional de Telecomunicaciones, que fija las normas de las señales horarias por radio, lo reconoció en su conferencia mundial de 2023 y se puso a adaptar sus normas. Lo nuevo de este año es la cifra, una hora, y la prisa: ocho años de adelanto, en buena parte por el miedo al segundo negativo. En julio, el IERS ya había anunciado que no habría segundo intercalar a finales de 2026, y la siguiente fecha habitual, el 30 de junio de 2027, llega después del 20 de mayo. Salvo sorpresa, el de 2016 fue el último.
¿Cuánto tardarán los dos relojes en separarse una hora? Depende de cómo frene la Tierra, y eso nadie lo sabe con siglos de antelación. El BIPM habla de varios milenios; los científicos que cita Scientific American, de más de mil años. Lo más probable, dejando aparte los vaivenes del núcleo, es que la diferencia crezca muy despacio al principio y cada vez más deprisa, porque el freno de la Luna se va sumando. Qué se hará al llegar a la hora (añadir una de golpe, mover los husos horarios o algo que hoy no se nos ocurre) lo decidirán personas que todavía no existen.
Quien necesita el tiempo de la Tierra no lo pierde. Los astrónomos, los operadores de satélites y la navegación astronómica seguirán teniendo el UT1, que el IERS calcula y publica. Y hay quien vive así desde hace mucho: el GPS no aplica segundos intercalares desde 1980, y su reloj va hoy 18 segundos por delante del UTC.
Lo que cambia para ti: nada (y una hora que ya llevas puesta)
En tu día a día, nada. El móvil no se va a enterar, el despertador sonará cuando debe y la hora de salida del sol que ves en la ficha de tu ciudad no se moverá de un modo que puedas notar: la diferencia irá creciendo poco a poco a lo largo de décadas, y esas horas se dan redondeadas al minuto.
Además, vivir a una hora del sol es algo a lo que en España estamos acostumbrados. Una orden del 7 de marzo de 1940 adelantó la hora legal sesenta minutos el día 16, para acompasarla con la de otros países europeos, en particular con la de Francia. Debía ser provisional: la orden decía que «oportunamente se señalará la fecha» de volver a la hora normal, y esa fecha no llegó nunca. Desde entonces la península vive con la hora de Europa central, aunque la mayor parte de ella está en el huso de Greenwich. Con la hora de verano encima, el desfase se dobla: en algún municipio del oeste de Galicia el mediodía solar llega más de 160 minutos después de las doce del reloj, el mayor desajuste de Europa, según cuenta el astrónomo Pere Planesas, del Observatorio Astronómico Nacional. Si quieres verlo, mira a qué hora sale el sol en la ficha de A Coruña: en otoño y en invierno, entre las ocho y poco después de las nueve.
Así que lo de Versalles es menos un divorcio que el reconocimiento de uno que llevaba tiempo en marcha. Durante milenios la hora fue cosa del cielo; desde 1967 es cosa de los átomos, y desde 2027 dejará de pedirle permiso a la Tierra. Lo que no cambia es que el cielo sigue a lo suyo, y que el viento, el mismo que te despeina en la calle, es una de las fuerzas que deciden cuánto dura tu día.
Hay incluso quien ya junta las dos cosas. En el centro alemán de geociencias GFZ, en Potsdam, predicen cómo girará la Tierra en los días siguientes a partir de las previsiones del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF), el mismo modelo europeo que verificamos cada día en MeteoRanking. Para predecir el reloj del planeta, primero hay que predecir el tiempo. Cómo medimos si esas previsiones aciertan está contado en Cómo funciona, y si quieres conocer por su nombre a los vientos que soplan aquí, empieza por los nombres del viento en España.