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Cómo se predice una ola de calor
17 de agosto de 2026 · 12 min de lectura
Una tormenta de agosto puede humillar al mejor modelo del mundo con dos horas de aviso. Una ola de calor, casi nunca: se ve venir con días de antelación, a veces con una semana entera. De todos los extremos que fabrica la atmósfera, el calor es el más previsible, y eso es una suerte enorme, porque es también el que más vidas se cobra en Europa. Pero hay una trampa. Está en los últimos grados — justo los que deciden si un día es incómodo o peligroso.
La receta: una dorsal que no se mueve
Los romanos ya tenían una palabra para estos días, y también un culpable. Llamaban canícula —«perrita», diminutivo de canis— a las semanas más asfixiantes del verano, porque coincidían con la reaparición de Sirio, la estrella más brillante del cielo, en la constelación del Can Mayor. Sirio salía justo antes que el Sol, y el razonamiento parecía impecable: si dos hogueras se asoman juntas, calientan el doble. El culpable era falso —Sirio no nos calienta lo más mínimo—, pero el calendario era excelente: aquellas fechas eran, en efecto, las peores del año. Hicieron falta veinte siglos para cambiar la estrella por la causa verdadera, que no está a años luz sino a unos cinco kilómetros sobre tu cabeza y tiene forma de lomo.
Toda ola de calor empieza con la misma pieza en el mapa de altura: una dorsal, un lomo de aire cálido subtropical que se abomba hacia el norte, como una gran campana de altas presiones. Bajo la dorsal, el aire desciende lentamente y, al descender, se comprime y se calienta — el mismo principio por el que se calienta la bomba al hinchar una rueda de la bici. Ese descenso, además, deshace las nubes: sol pleno sobre un aire que ya venía caliente. En España la dorsal suele traernos, literalmente, África encima: aire sahariano que llega ya recalentado y a veces cargado de calima.
Pero un día muy caluroso todavía no es una ola de calor. Lo que convierte uno en otra es la persistencia. A veces la circulación atmosférica se atasca en una configuración de bloqueo —la más famosa dibuja una letra omega en el mapa—, y las borrascas atlánticas, que normalmente ventilarían la península en un par de días, se ven obligadas a rodearla, como un río que esquiva una roca. El horno no está más fuerte que otras veces; lo que pasa es que nadie lo apaga.
AEMET pone números a la palabra: para hablar de ola de calor hacen falta al menos tres días seguidos en los que un 10 % de las estaciones registren máximas por encima del percentil 95 de sus veranos. Fíjate en lo que esconde esa definición: la ola de calor no se mide contra un número absoluto, sino contra lo que es normal en cada sitio. Treinta y seis grados son una tarde cualquiera en Córdoba y un episodio serio en Santander. La atmósfera no sabe de récords; los cuerpos sí, y lo que castiga a un cuerpo no es el calor, sino el calor al que no está acostumbrado.
Y sin embargo, la misma dorsal, en dos veranos distintos, puede dar resultados que no se parecen en nada. La diferencia no está en el cielo. Está debajo.
El suelo juega en casa
La energía que el Sol deja en el suelo se reparte entre dos tareas, y solo dos: evaporar agua y calentar el aire. Es un presupuesto cerrado, y lo que se gasta en una cosa deja de gastarse en la otra. Ahí está la clave de todo lo que viene a continuación.
Un suelo húmedo, con vegetación viva, funciona como un aire acondicionado enterrado: dedica buena parte de esa energía a evaporar, y evaporar enfría — es el mismo truco que emplea tu piel cuando sudas. Un suelo reseco tras una primavera sin lluvia no tiene nada que evaporar, así que la energía se va entera a calentar el aire; y el aire recalentado seca todavía más el suelo, que al día siguiente refrigera todavía menos. Es un bucle que se muerde la cola, y explica por qué los grandes episodios europeos —2003, 2022— se cebaron sobre campos agotados por meses de sequía. El récord absoluto de España, los 47,6 °C de La Rambla (Córdoba) en agosto de 2021, llegó igualmente tras un verano de secarral.
Conviene decir qué significa eso en vidas, porque el calor mata de una forma silenciosa que no sale en las fotos: no derriba tejados ni arrastra coches, y por eso durante décadas se le contó mal. El verano de 2003 dejó en Europa del orden de 70.000 muertes de más, en su inmensa mayoría personas mayores. Y lo que remató a buena parte de ellas no fueron las tardes, sino las noches. Un cuerpo aguanta razonablemente bien una tarde de horno si de madrugada puede soltar el calor acumulado; cuando la mínima no baja, el organismo empieza el día siguiente sin haberse recuperado del anterior, y el déficit se va sumando. AEMET tiene nombre para esas noches: tropicales cuando la mínima no baja de 20 °C y tórridas cuando no baja de 25 °C.
Aquí la ciudad juega en contra. El asfalto y el hormigón son almacenes excelentes de calor: guardan durante el día lo que un suelo con hierba habría devuelto enseguida, y lo van soltando de madrugada. Sin proponérnoslo, hemos construido máquinas de retrasar el enfriamiento y las hemos llenado de gente. La consecuencia es que dos termómetros separados por cuatro kilómetros dentro de la misma ciudad pueden marcar varios grados de diferencia en la mínima de la noche — y esa diferencia, en un episodio largo, se paga en urgencias.
Fíjate ahora en lo que tienen en común todos los ingredientes de la receta: la dorsal, el bloqueo, el suelo agotado. Son enormes y son lentos. Y eso, contra toda intuición, es una magnífica noticia.
La paradoja: el extremo más previsible
¿Por qué algo tan destructivo se predice tan bien? Por tamaño y por ritmo. Una dorsal mide miles de kilómetros y evoluciona a lo largo de días: es exactamente el tipo de estructura que un modelo global, con sus celdas de 10 a 25 kilómetros, resuelve con soltura. Una tormenta, en cambio, mide cinco kilómetros, vive dos horas y hay que aproximarla con recetas estadísticas (lo contamos en ¿Qué es un modelo meteorológico?). Predecir dónde estará el horno es fácil; predecir cada chispa, no.
Detrás de esa frase hay uno de los accidentes más fértiles de la ciencia del siglo XX. En 1961, el meteorólogo Edward Lorenz quiso repetir una simulación de un modelo atmosférico de juguete. Para ahorrar tiempo no empezó desde el principio: tecleó a mano los números de un punto intermedio que ya había impreso. El detalle es que la impresora redondeaba a tres decimales —escribía 0,506— mientras la máquina, por dentro, trabajaba con seis: 0,506127. Una diferencia del tamaño de un suspiro. Lorenz puso el ordenador en marcha, se fue a por un café y, al volver, el tiempo simulado no se parecía en nada al de la primera vez.
De ahí salió el efecto mariposa, y con él la mala noticia: ninguna predicción del tiempo será fiable más allá de unas dos semanas, por potente que sea el ordenador, porque jamás mediremos el estado inicial de la atmósfera con precisión infinita. Pero la letra pequeña de Lorenz guarda la buena noticia de este artículo. Los errores no crecen a la misma velocidad para todos los tamaños: cuanto más pequeña es la estructura, antes se pierde. El error de una tormenta se duplica en cuestión de horas; el de una onda planetaria de miles de kilómetros tarda días en hacerlo. Por eso el horizonte útil de una chispa es de un par de horas y el de una dorsal, de una semana larga. El caos no impide predecir el calor: solo pone el reloj más lejos.
Los centros meteorológicos han aprendido incluso a sacarle partido al accidente de Lorenz. No lanzan el modelo una sola vez, sino decenas —el Centro Europeo, medio centenar— con las condiciones iniciales sacudidas a propósito en el último decimal. Es el tropiezo de 1961 repetido adrede, cada mañana, para ver cuánto se separan los futuros posibles: son los ensembles. Cuando casi todas las simulaciones dibujan la misma dorsal sobre la península, la confianza es alta aunque falte una semana; cuando se abren en abanico, lo honesto es decir que todavía no hay nada que decir. Por eso un aviso por calor puede emitirse con una antelación impensable para una granizada.
Con una salvedad que hay que decir en voz alta: el acuerdo entre simulaciones mide cuánto se parecen entre sí, no cuánto se parecen a la realidad. Si todas comparten el mismo defecto de fábrica, se equivocan juntas y con enorme aplomo. Y en las olas de calor comparten uno.
El talón de Aquiles: los últimos grados
La trampa está en el pico. Los modelos suelen acertar que vendrá una ola de calor y cuándo empieza, pero tienden a quedarse cortos con las máximas más extremas. Los motivos son de fontanería interna, y son tres. El primero: la celda del modelo promedia el secarral con la ladera umbría y el regadío, y un promedio nunca es tan extremo como su peor punto. El segundo: los intercambios de calor entre suelo y aire se calculan con recetas calibradas sobre días normales, y una ola de calor es precisamente lo contrario de un día normal — se le pide al modelo que trabaje fuera del terreno donde aprendió. Y el tercero: el máximo de la tarde no es una meseta, sino un filo estrecho de una o dos horas, facilísimo de limar. El resultado típico: pronóstico de 41 °C, termómetro en 43 °C.
Dos grados que en enero no le importarían a nadie. En mitad de una ola, lo cambian todo, y la razón es que el daño del calor no crece en línea recta con el termómetro: se mantiene casi plano mientras el calor es soportable y se dispara a partir de cierto umbral, distinto en cada lugar porque depende de a qué esté acostumbrada la población. Los dos grados que el modelo se deja por el camino suelen ser, exactamente, los dos que están por encima de ese umbral.
El caso más brutal ocurrió el 29 de junio de 2021 en Lytton, un pueblo pequeño de la Columbia Británica canadiense, bajo una cúpula de calor descomunal. El termómetro marcó 49,6 °C. El récord nacional de Canadá, que aguantaba desde 1937, era de 45,0 °C: Lytton no lo batió, lo pulverizó por 4,6 grados. Los récords nacionales suelen caer de décima en décima, cuando caen; aquello no fue batir una marca, fue mudarla de sitio. Al día siguiente, un incendio arrasó el pueblo. La lección es incómoda y hay que decirla entera: los extremos que todavía no hemos visto existen, y cualquier método calibrado sobre el pasado tiene un punto ciego justo ahí, en el día que más va a importar.
Aun así, ese día irrepetible no es donde vive la mayor parte del error de un modelo. La mayor parte es un error aburrido, constante, que se repite semana tras semana. Y lo aburrido se puede medir.
Cómo lo corregimos (y qué no prometemos)
La idea de fondo tiene más de medio siglo y es de una sencillez casi insolente. En 1972, dos meteorólogos del servicio estadounidense, Harry Glahn y Dale Lowry, formalizaron una propuesta que venía a decir: dejad de pelearos con el modelo para arreglarlo por dentro; tratadlo como a ese amigo que siempre llega diez minutos tarde. No le pidas que cambie — súmale diez minutos. Lo llamaron Model Output Statistics, y desde entonces casi ningún parte oficial del tiempo sale del modelo en crudo: sale del modelo corregido con su propio historial de errores.
Es exactamente lo que hacemos aquí. Medimos el sesgo reciente de cada modelo, en cada ciudad y para cada variable, y lo corregimos antes de promediar: si un modelo lleva semanas quedándose un grado corto con las máximas de tu zona, se le suma ese grado. Lo importante es el «en cada ciudad». El sesgo no es una propiedad global del modelo, sino de cómo ese modelo representa tu trozo concreto de mundo: el mismo código puede ir sobrado en la costa y corto veinte kilómetros tierra adentro, porque lo que se le escapa es el valle, la ladera o el regadío que su celda ha promediado.
Y la corrección se mide antes de venderla. En un backtest de un año sobre cuatro climas distintos, mejora la temperatura máxima un 5,6 % y la mínima un 4,7 %; con la precipitación, en cambio, la empeora, así que ahí sencillamente no se aplica. Cuando un ajuste no funciona, se retira — los detalles y el resto de números están en Cómo funciona.
Ahora la letra pequeña, dicha en grande. La corrección elimina el error que se repite; no adivina el arrebato irrepetible de un día histórico. Ningún método honesto puede prometer el pico exacto de la tarde más calurosa del siglo, y quien lo prometa te está vendiendo otra cosa. Tampoco prometemos ganar siempre: nuestro pronóstico combinado no es el mejor en todas las ciudades, y cuando otro modelo lo hace mejor que nosotros en la tuya, lo verás escrito. Lo que sí podemos prometer es rendir cuentas: cada día publicamos lo que dijimos y lo que finalmente midió la atmósfera, acertemos o no. Es esa lista de aciertos y fallos —no un eslogan— la que te dice cuánto fiarte del número que tienes delante. Para los avisos oficiales por calor, la referencia es AEMET.
Merece la pena detenerse un momento en lo extraordinario que resulta todo esto. Durante casi toda la historia de nuestra especie, una ola de calor fue algo que simplemente ocurría: se descubría al abrir la puerta por la mañana y se aguantaba como se podía. Hoy llega con una semana de margen, y llega así porque un meteorólogo perdió una simulación por culpa de un decimal y quiso saber por qué. Esa semana de aviso es un regalo raro de la física y del cálculo. Lo que hacemos con ella —bajar la persiana a mediodía, llamar al vecino de arriba que vive solo, mover a las nueve el partido de las seis— ya no es meteorología. Es lo que decidimos hacer con lo que sabemos.